„Era lento el asunto. No solo les tocaba despejar el peso de la presencia real de los hombres, sino la del juez interiorizado, el hombrecito menudo, que con el índice siempre enrostrado y cara de padre, o cura, o tío o hermano estaba plantado como un busto augusto y austero en medio de los parques umbrosos de los cerebros femeninos, recordándoles o que eran hijas de Eva: pecadoras; hijas de mala madre: putas; hijas de la Barbie: idiotas; hijas de la Virgen María: niñas decentes; hijas de madres mejores que ellas que no se creían las divinas garzas: mujeres calladas y bien portadas… La ristra de modelos femeninos santificados o despreciados eran retratos planos, de una sola dimensión; o esto o lo otro; por norma general negaban la totalidad de lo que significaba ser mujer.“

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